La vida en un segundo

Han tenido que pasar dos días para poder tener las fuerzas para contar lo sucedido. Para recapacitar, saber lo que ocurrió, sacar las conclusiones adecuadas y hacer el análisis correcto. Porque se trataba de una cosa grave. Se trataba de la vida de un niño. De un niño como el pequeño Ailán, que retratado su cuerpo ahogado en una playa hizo estremecerse a toda la comunidad internacional. Y es que la vida de los niños es para todos lo mas precioso y lo mas importante. Porque, usando la tan manida frase, son todo inocencia y tienen toda la vida por delante. Porque son tan limpios y puros, tan inocentes de todo que merecen el mayor de los cuidados por parte de todos.
hace dos días volvía a casa por mi ruta habitual, eso si, en mi bicicleta. Hacía un día espléndido de sol y los turistas abarrotaban el centro de Madrid. Paseaba tranquilamente por el carril bici de la calle Mayor en dirección a la Casa de Campo, donde dejando atrás la urbe y sus humos y ruidos suelo sumergirme con mi bicicleta en el silencio del campo y la quietud del rodar de las ruedas sobre la arena. Esto es lo que tenía ante mi.


   Una calle apenas transitada, un carril bici que conozco a la perfección. todo normal. De pronto aparece por la derecha, saliendo de detrás del seto una mujer tirando de su hijo. Sale de pronto, sin mirar. Quizá fiada del sentido del oído que le dice que al no oír el rugido de un motor significa que no viene nadie. Aparece así de pronto delante de mí. Apenas puedo reaccionar y chocamos. no me da tiempo a nada. me levanto del suelo, me revuelvo enfurecido por el accidente, dispuesto a soltar improperios e insultos. palabras malsonantes. pero esas palabras se me quedan atascadas en la boca del estómago. No he chocado con la madre. he chocado con el niño. Allí veo al pequeño, tirado en el suelo, desmadejado.
   Durante una fracción de segundo noto que el corazón se me ha detenido, la respiración ha cesado, el tiempo se ha parado y no oigo ni veo nada mas que el cuerpo del niño tirado en el carril-bici. Una décima de segundo después oigo un gemido, el niño está llorando. Está vivo. Está magullado y herido pero vivo. Durante esas décimas de segundo el tiempo se ha detenido para mi, y ese llanto del niño herido y arrojado al suelo ha hecho que el tiempo volviera a correr. Llega la policía. Los transeúntes forman corrillo alrededor, echándole en cara a la madre su comportamiento. Esta coge al niño en brazos, lo acuna y lo arrulla, preocupada ahora, cuando unos segundos antes lo ha puesto en peligro de manera suicida. Yo no hago sino pensar en que si hubiera, por azar, golpeado con la cabeza en el bordillo, ahora esa madre estaría llorando desconsolada su pérdida. Yo estaría anonadado del golpe y una vida joven e inocente habría sido segada de cuajo por un golpe del destino. Por un despiste, por unas prisas, por una irresponsabilidad. La vida de un niño a veces depende de eso, de un segundo, de una fracción.
   Nunca haremos lo suficiente por su seguridad. Nunca escatimemos en su seguridad. Poneos el casco siempre. Porque la vida se va en un segundo, en un pequeño despiste sin importancia. Hoy yo puedo escribir esto, la madre seguramente se habrá reprochado una y mil veces su pasajera locura y el niño estará recuperado de sus "pupas" gracias al Betadine y a unas tiritas. Pero podría haber sido distinto, podría haber sido peor. Por suerte, no ha sido así. gracias.

Comentarios

  1. Jopé Miguel. Me has puesto los pelos de punta. Además muy bien contado. Menos mal que solamente fue un susto. Bueno, esperemos que todo siga bien. Un abrazo muy fuerte.

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